Santiago, 07 de abril de 2020

“ El primero día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano , cuando
todavía estaba oscuro; y vio quitada la piedra que tapaba la entrada…” Juan 20:1

Queridos hermanos, queridas hermanas en Cristo.

Estamos en Semana Santa. Una Semana Santa excepcional, nuestros templos vacíos, nosotras y nosotros encerrados en nuestras casas, con emociones mezcladas, momentos donde sentimos miedo, preocupación y angustia, y otros de esperanza y confianza que este tiempo de pandemia mundial será ligero.

El evangelio de Juan narra que María Magdalena fue muy temprano al sepulcro, o sea de madrugada. La madrugada es una mezcla entre noche y día, oscuridad y luz. Y en estos días desde la llegada del COVID-19, tengo la sensación de vivir en la madrugada, entre oscuridad y luz, desesperanza y esperanza, entre miedo y confianza, entre incertidumbre y certezas. Quizás la propia vida es este constante caminar entre oscuridad y luz, pero que hoy se hace más evidente a causa de la complejidad y sufrimiento que estamos viviendo como humanidad.

Me imagino que muchos también fueron los sentimientos que acompañaron a María Magdalena cuando caminaba hacia el sepulcro en la madrugada.

Sentimientos muy similares a los que estamos sintiendo en este tiempo de pandemia: tristeza y alegría, miedo e incertidumbres. Al llegar al sepulcro, María Magdalena se depara con una gran noticia, la piedra del sepulcro había sido removida. Pero, ella después de compartir con los discípulos esta noticia, queda afuera, junto al sepulcro llorando (v. 11). La piedra removida y la tumba vacía no significó para María Magdalena la posibilidad de que la vida venciera la muerte, ella necesitó escuchar la voz de Jesús para reconocerlo.

En este tiempo pascual, estamos junto al sepulcro, llorando miles de muertes, llenos de miedos y angustias. Con la sensación de estar en el mismo valle de huesos secos (Ezequiel 37). Parece imposible la posibilidad de ver la luz, esperanza y vida en medio de todo que estamos experimentando. En este contexto, nuevamente y de manera tan distinta a otras Semanas Santas, como pueblo cristiano nos preparamos para celebrar y proclamar la buena nueva de la cruz y de latumba vacía: Jesús resucitó.

¿Cómo vivir esta buena nueva en tiempos de COVID-19? Experimentar situación de muerte nos produce crisis y desesperanza, así como experimento María Magdalena y los discípulos de Jesús. No obstante, les invito a poner nuestra confianza en las palabras de Jesús y en su promesa que
estaremos acompañados y acompañadas por su Espíritu (Juan 16:7-8).

Estamos acompañados por el espíritu de Cristo Resucitado en este tiempo de pandemia. Y aun en medio de tanto sufrimiento, y de estar distanciados físicamente unos de los otros, celebraremos este domingo que en la cruz de Cristo el amor venció el odio y la violencia, la vida la muerte. En este tiempo pascual y de pandemia, miremos la cruz vacía, allí está nuestra esperanza. Allí está reflejado el amor de Dios que salva, libera y abraza la humanidad (Juan 3:16). La cruz de Cristo es nuestra esperanza y fortaleza para enfrentar nuestras incertidumbres, miedos y fragilidad. La tumba vacía es la buena nueva que Dios ha resucitado a su Hijo, que muerte no tiene la última palabra sobre la vida y que las tumbas pueden abrirse para siempre. Celebramos con María Magdalena la presencia del Cristo Resucitado en nuestras vidas, de este Cristo que hoy también nos pregunta: ¿Por qué lloras?

Que la presencia del Cristo resucitado nos ayude a tener confianza en el porvenir. Que la resurrección de Jesús sea anuncio de buenas nuevas para nuestras vidas, pues la vida ha triunfado.

Feliz y bendecida Pascua de la Resurrección. Celebremos: ¡El Señor resucitó! Aleluya.

Pastora Izani Bruch
Obispa IELCH